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Locales / 28-09-2011

Malos olores en el arroyo Las Tunas


Uno, si va en auto, baja la ventanilla y deja que el aire golpee la cara, y aire todo, pero no hay caso: el olor persiste, pertinaz, sin ganas de irse, con empeño de quedarse. Es un olor pesado, turbio.


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Malos olores en el arroyo Las Tunas

Malos olores en el arroyo Las Tunas

El cruce es rápido.
La marcha allí es veloz, sin tiempo para detenerse, aunque ese paso a prisa es suficiente: ocurre como un golpe seco al olfato, un golpe duro, un olor agrio, repulsivo, pestilente.
Entonces ocurre lo que ocurre: la belleza del verde, las lomadas generosas, suaves, los campos sembrados que se abren paso hacia el horizonte, a un lado y a otro de la ruta, se pierden de los sentidos.
La vista se obnubila, la conciencia se diluye, ese sabor amargo asoma violento y confunde todo. Es un ventarrón de olores intolerables, después una brisa que persiste, que asalta y se queda por un rato, dando vueltas en la nariz, una sensación pegajosa.
Uno, si va en auto, baja la ventanilla y deja que el aire golpee la cara, y aire todo, pero no hay caso: el olor persiste, pertinaz, sin ganas de irse, con empeño de quedarse. Es un olor pesado, turbio.
El olor sale de la profundidad del asfalto. Allá abajo, cubierto por ese puentecito breve, está ese arroyo nimio pero voraz, el arroyo Las Tunas, un arroyo divisorio de ciudades, el cántaro adonde van a parar todas las inmundicias humanas, y más todavía.
El arroyo, este arroyo que por tramos es un charco sucio, espeso, oloroso, marca el límite entre la ciudad de Paraná y un pueblo satélite de ésta, San Benito.
Nace en el kilómetro 11 de la ruta provincial N° 131 y recorre aproximadamente 15 kilómetros, hasta desaguar en el arroyo Las Conchas, y éste, después, en el río Paraná.
Si no fuera por los vuelcos imprudentes, si no fuera por la desaprensión, si no fuera por el maltrato, el arroyo Las Tunas sería un lecho cristalino que bañaría campos sembrados, amarrado a sus dos efluentes, el Saucesito y el arroyo Las Piedras.
Pero no. Este arroyo, el arroyo Las Tunas atraviesa el Parque Industrial General Belgrano, y de allí carga con todo lo que carga ahora: un alto nivel de contaminación. Y esa contaminación no es otra cosa que los olores nauseabundos que después despide, acá, en este sitio, en las verdes lomadas del Acceso Norte.
Un estudio que se hizo en 2005 sobre el lecho del arroyo Las Tunas demostró lo que ahora olfatea cualquier cristiano: un altísimo nivel de contaminación.
Los especialistas dicen que el principal problema es el hecho de que al arroyo se vuelcan efluentes no tratados, y esto es así desde hace por lo menos una década: se anuncia esto, lo otro, esta solución, aquella medida, este saneamiento, aquel encauzamiento, y nada.
El arroyo sigue igual, como ahora, como siempre.
La primavera ilumina mañanas azules, y un sol redondo baña estos campos, pero el aire no, el aire se empeña en cargarse de esa pestilencia que arrastra consigo el arroyo Las Tunas.
Desde que este arroyo se transformó en esto que es ahora, una especie de pozo ciego a cielo abierto, perdió toda identidad.
En este arroyo, sobre su otra margen, al inicio de la ruta 18, se libró una batalla histórica, una batalla entre Artigas y Ramírez. Pero ya nadie recuerda eso, agobiado como está este arroyo, y su historia reciente, por esa pestilencia que no cesa.



Fuente: El Diario




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