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Interés General / 31-03-2016

24 de marzo: memoria, verdad, justicia y sinceramiento


A 40 años...


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Sabido es que las políticas de Memoria, Verdad y Justicia han sido trascendentales en los últimos años, y han servido para reivindicar la lucha popular ocultada primero a través del terrorismo de Estado y luego mediante la banalización de la política -promovida por los medios masivos de comunicación- desde el retorno de la democracia hasta 2004, año en el que Kirchner decidió descolgar los cuadros de los genocidas.

Las políticas de derechos humanos desplegadas durante el período peronista-kirchnerista han sido vanguardia mundial, y significan un avance no sólo hacia el castigo para quienes han cometido delitos de lesa humanidad, sino que han constituido una forma de reivindicar a la política como herramienta de los pueblos para mejorar sus condiciones de vida.

Al repasar quiénes han sido los hombres y mujeres detenidos, torturados, asesinados y desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar; y al pasar revista por las políticas económicas que se implementaron al mismo tiempo, hay un innegable contenido antipopular, un castigo explícito al movimiento obrero organizado, el cual había osado disputar palmo a palmo con el capital la distribución de la riqueza que en este país se producía.

No de manera exclusiva, pero si en su mayoría, la cacería desplegada por el terrorismo de Estado apuntó a dirigentes de origen o militancia peronista, la piedra en el zapato para los intereses del capital más rancio, o –a decir de Cooke- “el hecho maldito del país burgués”.

Borrar de la historia al peronismo como movimiento fue uno de los objetivos centrales de la última dictadura cívico-militar. Para eso contó con el aparato represivo del Estado, en una primera etapa, la más cruda y sangrienta; con los aparatos mediáticos-culturales luego, ya en una fase persuasiva en la cual las banderas de

Independencia Económica, Soberanía Política y Justicia Social intentaron ser sepultadas con los mismos símbolos con las que fueron creadas; y con el pretendido purismo ideológico de la izquierda tradicional, que jamás comprendió quién es su verdadero adversario de clase.

En este 2016, a 40 años de aquel proceso en el cual se intentó acabar con la lucha por un país más justo, las políticas de Memoria, Verdad y Justicia vuelven a poner en escena la lucha histórica de los mártires populares. No se trató de una guerra entre dos bandos, sino del disciplinamiento hacia el movimiento obrero organizado.

Las políticas económicas del kirchnerismo han permitido la generación de empleo, y con ello el incremento de la actividad sindical. El fortalecimiento de la actividad sindical debe entenderse como la reivindicación hacia el movimiento obrero, reivindicación que no se trata de una generación espontánea, sino de continuidad, de puentes históricos entre diferentes experiencias de lucha del movimiento obrero en distintos momentos de la historia.

En la actualidad, las medidas económicas impulsadas por Cambiemos son claramente en detrimento de los trabajadores, ya que la devaluación, el incremento del precio de los alimentos y de servicios esenciales como la energía eléctrica, más la suba de los combustibles, más el desfinanciamiento del Estado a partir de la quita de retenciones a la agroexportación y a la minería, no hacen más que encarecer el costo de vida de la población trabajadora y permitir la fuga de divisas, justamente lo opuesto a las causas por las cuales luchaba el pueblo organizado.

A las medidas económicas antipopulares se suma un retorno de las relaciones estrechísimas con Estados Unidos, a partir de la visita de Barack Obama, con todo lo que ello significa teniendo en cuenta el rol decisivo de ese país en la instalación de las políticas neoliberales en la región. Sin disciplinamiento hacia el movimiento obrero, el neoliberalismo hubiese sido imposible, y a su vez ese disciplinamiento no hubiese sido posible sin la ayuda de Estados Unidos y la Escuela de las Américas. En ese contexto, ¿se puede ser representante del movimiento obrero y saludar la llegada del presidente del país que, además del rol en la última dictadura cívico militar, masacra hoy en día pueblos en todo el mundo?

¿Es posible tener legitimidad en los trabajadores si se menosprecia la lucha popular, si se pretende no reconocer a los líderes populares que han dejado su vida por una Patria más justa?

Estos interrogantes surgen a partir de las declaraciones de un dirigente gremial de Agmer Nogoyá, quien –de acuerdo a lo expresado al sitio InfoNogoyá- la visita de Obama es un simple cambio de relaciones con otros países –como si eso no tendría efectos hacia el interior de las sociedades, teniendo en cuenta que se trata de un país imperial-. El mismo dirigente –enrolado en la Agrupación Rojo y Negro- dice que el protocolo antipiquetes “no está tan mal”.

¿Qué elementos tiene un trabajador para manifestar su descontento más que la movilización, el reclamo, la protesta en las calles? ¿Puede entenderse la llegada de Obama como un simple cambio de relaciones con otros países cuando se rubrican entre Argentina y Estados Unidos acuerdos que avanzan en la militarización de las calles? ¿Cómo no pueden al menos encenderse señales de alerta ante un escenario en el cual hay medidas económicas antipopulares, decretos que apuntan a reprimir la protesta social y acuerdos con el país de más avanzada tecnología militar?

Se conforma así un combo que merece ser analizado: gremios con facciones que el 24 de marzo no reivindicaron la lucha histórica de los militantes populares por su ferviente antiperonismo y, al mismo tiempo, ven con buenos ojos la llegada de Obama a la Argentina. Es decir, si durante años se cuestionó “por izquierda” al gobierno de Cristina Fernández, ¿Qué actitud se debe tener si se pretende ser coherente e ideológicamente honesto ante el combo devaluación-suba de precios-medidas anti protesta social-visita del presidente del país imperial?

El peronismo, con sus aciertos y errores, ha sido el único movimiento en la historia capaz de representar los verdaderos intereses populares. Por eso cuenta con una larga lista de militantes encarcelados, secuestrados, torturados, muertos y desaparecidos.

Quizá el momento histórico que el país y la región atraviesa merece el replanteo por parte de sectores de izquierda acerca del rol que juega a la hora de socavar el poder de los movimientos populares, los cuales nunca son puros ideológicamente y tienen lógicas contradicciones propias del devenir de la historia y de la relación entre los hombres en este contexto histórico. Los palos en la rueda puestos a los gobiernos populares derivaron en los golpes de 1955 y de 1976, con la consecuente proscripción, persecución y muertes, por un lado; y el retroceso en el desarrollo de un país industrial, generador de empleos, con un Estado en función de los intereses de las mayorías, por el otro. Hoy, en un contexto diferente, con otras formas de lucha, no puede repetirse el mismo error histórico. O al menos, en épocas de “sinceramiento”, definir qué sectores pretender representar verdaderamente a los trabajadores y a su lucha histórica, y qué sectores –por error de lectura histórica o por obediencia a acuerdos políticos- no son otra cosa que funcionales a un proyecto político neoliberal.







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